
A finales del s.XVIII, cuando el ejército de Napoleón sufrió una terrible hambruna durante la campaña de Rusia, el emperador ofreció una recompensa a quien le presentara "un método para mantener los alimentos largo tiempo en buen estado", convencido de que "ganarían los ejércitos mejor alimentados".
Fue en tonces cuando un investigador francés, Nicolás Appert, descubrió de forma totalmente empírica, que se podían conservar alimentos durante varios años simplemente por calefacción de los mismos durante ciertos períodos de tiempo en recipientes herméticamente cerrados. De esta forma ganó una recompensa de 12.000 francos en 1810 y se le otorgó el premio de "Benefactor de la Humanidad". La "appertización" constituyó el nacimiento de la tecnología industrial de conservación.
La noticia de la conserva llegó a España en 1840 con el naufragio frente a Finisterre de un velero francés. En la Galicia costera era tradicional el uso de otros métodos de conservación como la salazón o el ahumado... y en menos de un año se creó la primera fábrica conservera de pescado. Ocho años más tarde se funda en la Rioja la primera instalación de conservas vegetales.
Hacia 1900 se sustituye la fritura de los alimentos en conserva por la cocción a vapor, lo que abarató sensiblemente el proceso de fabricación, popularizándose en todo el mundo el "sistema de cocción español", que supuso el acceso de todas las clases sociales a alimentos asequibles y de calidad.
En la época del descubrimiento de Nicolás Appert, se empleaban recipientes de vidrio, pero posteriormente, el inglés Peter Durand, comenzó a utilizar envases de hojalata que dotaron a la conserva de mayor resistencia y la preservaron del efecto de la luz, evitando así el deterioro del contenido vitamínico.
La primera fábrica de hojalata en España se creó en 1731 en la comarca de Ronda. Partiendo de una fina lámina de acero aplicaban un proceso de estañado, el cual las protegía de la oxidación. Un secreto industrial guardado durante años desde su descubrimiento en Alemania.
Posteriormente siguieron numerosas mejoras en la tecnología del envasado, como el desarrollo de estuches impresos y latas apilables que facilitaban su distribución y venta.

En los años 40, durante el transcurso de la II Guerra Mundial, ante la escasez de hojalata, la industria del aluminio comienza la fabricación de envases. Este hecho constituye una revolución tecnológica en el sector conservero por la que Palacio de Oriente apostó para el desarrollo de sus envases.
El aluminio reduce el peso de las latas, garantiza la inalterabilidad a la oxidación o sulfuración y no se transmite al alimento, además permite gran versatilidad de formas con un acabado impecable, brillante, más atractivo y limpio que facilita su manipulado. Es un metal muy abundante en la corteza terrestre, cuyo proceso de fabricación consume poca energía y además es reciclable hasta el infinito.